La Jungla de Asfalto

Sin saber qué esperar cuando llegué a Beirut, me sorprendió encontrar una foresta de rascacielos. No tan altos como en Nueva York, Tokyo, Dubai. Quizás algo que evoca Miami, también por la manera que la ciudad está pegada al mar.

Hablando de Nueva York, creo que mucha gente diría que es la ciudad más densa de población en los EEUU – así habría dicho yo. Resulta que hay varios suburbios en Nueva Jersey que son poblados con aún más densidad (¡¿quién sabía?!). Pero Nueva York tiene una densidad que es fácil visualizar. Manhattan en particular, dónde aproximadamente 1.6 millones de personas viven en 88 kilómetros cuadrados (34 millas cuadradas).

Beirut es un poco más pequeña que Manhattan, unos 67 kilómetros cuadrados (26 millas cuadradas). El último censo de la ciudad fue en 1932, así que las estimaciones actuales de población no son exactos, y comprenden entre uno y dos millones, pero 1.5 millón parece un cálculo conservador. Eso es aproximadamente la misma cantidad de personas como Manhattan, dentro de un espacio reducido por veinticinco porciento.

Supongo que eso explica la cantidad infinita de grúas de construcción. Enormes y larguiruchos, prolongados de los techos de edificios altos, acompañados por los zumbidos y martilleos inexorables de la construcción. Beirut no es una isla, pero atrapada entre mar y montaña, la mejor dirección para crecer sigue siendo por arriba.




La guerra civil en Líbano terminó hace unos veinte años. Para la reconstrucción de una ciudad devastada, veinte años no es mucho. Edificios acribillados de balas y granadas están dispersos por la ciudad, y ciertamente hay estructuras más antiguas que siguen en pie, desde apartamentos de los años sesenta, hasta los Baños Romanos que llevan milenios en el centro de la ciudad. Pero muchos, quizás una mayoría, de los “arboles de concreto” en Beirut parecen de haber aparecido desde la finalización de la guerra civil.

¿Dónde encontraron el dinero para la reconstrucción cuando tantos negocios fueron destruidos juntos con los hogares? Una mujer local me recordó de los doce millones de libaneses que viven fuera de Líbano: una diáspora tres veces la población de este país chiquitita de cuatro millones. Según ella, familias enviaron su ayuda desde Francia, Nigeria, Venezuela, Brasil, Sierra Leone, los EEUU, o donde sea que habían buscado refugio y oportunidad.

La reconstrucción está tomando lugar con venganza. Y los parques u otros espacios verdes nunca han sido una gran parte del paisaje de Beirut, convirtiendo la ciudad en un mar de asfalto gris al lado del mar azul del Mediterráneo.

Según el periódico del idioma inglés de Líbano, The Daily Star, hay sólo 0.8 metros cuadrados de espacio verde por persona en Beirut. En zonas urbanas, la Organización Mundial de Salud (OMS) recomienda 12 metros de espacio verde por persona. (Nota: Hay lugares en el internet donde dice que la OMS recomienda 40 metros cuadrados de espacio verde por persona, pero sospecho que eso sería a un nivel nacional, no dentro de zonas urbanas.)

Una excepción notable al mar de asfalto es Horsh Beirut, un parque de pinos a la orilla de la ciudad, que cuenta con 77% de todo el espacio abierto de la ciudad. El parque fue cerrado del 1992 al 2002, y cuando abrió nuevamente, fue sólo a los con más de 35 años y un permiso. Se dice que hay estudios en camino para evaluar la mejor manera de abrir completamente y utilizar el parque, pero recién se le atribuyó al alcalde haber dicho que no hay prisa. Por otro lado, parece que el alcalde si tiene energía detrás una propuesta de enverdecer a Beirut, un proyecto que se llama “Beirut es Asombrosa,” lo cual tiene el propósito de renovar algunos de los pocos otros espacios verdes de la ciudad. Hay otros que proponen una asociación pública-privada para la enverdecimiento de los techos (y balcones) de los edificios.

Entonces, ¿a dónde van los habitantes de la ciudad cuando desean escapar sus apartamentos de concreto? Quizás has visto alguna película con escenas en Brooklyn o Harlem, Nueva York, con personas pasando un rato en el porchecito de su edificio. Los Beirutis han hecho un arte de este estilo de vida por la calle. Vendedores pasan el día en sillas de plástico afuera de sus tiendas. Cerca a mi hotel, hay cinco o seis taxistas quienes se juntan en la esquina todos los días, dos o tres de ellos sentados en algún bloque de cemento, otros en un par de sillas tapizados con cuero rajado, otro en una silla giratoria media rota, jugando backgammon a veces en la tarde. En los fines de semana por el Corniche, el malecón de Beirut, hay familias que emergen de sus carros como los payasos de un carrito al circo, abuelas y padres y niños y niñas y balones y juguetes, juntos con sillas en las cuales los adultos se relajan mientras los niños y niñas juegan. Los domingos veo una señora mayor con su silla de plástico y su nargileh por la acera delante la tienda de su hijo, y ella disfruta del momento cerca de su hijo mientras él diligentemente alquila bicicletas a los que han llegado al Corniche para pasear. (Nargileh es el nombre para la pipa de agua que se usa para fumar un tabaco con olor a fruta; también se conoce como hooka o shisha.)

Todavía no he asegurado mi lugar por la acera con una silla de plástico, pero he alquilado una bicicleta un par de veces, y paseado a pie por el Corniche varias veces más. Y cuando encuentro un apartamento y me voy del hotel, te aseguro que haré mi parte para enverdecer esta selva de asfalto, con una abundancia de plantas y flores en mi balcón.

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La Primera Impresion

Años que no salgo en una “primera cita.”

La incertidumbre, la esperanza puesta en la primera impresión, la corriente de tensión que tiembla debajo la superficie.

A pesar de mi matrimonio de once años (y sigo contando), siente nuevamente como una primera cita. Pero esta vez, es con una ciudad.

Es que mi familia y yo acabamos de trasladar a Beirut, Líbano.

Un vez reconocida como la París (o la Suiza) del Medio Oriente. Luego se hizo notoria por la guerra civil que se prolongó del 1975 hasta el 1989 o 90 o 91, dependiendo del paisano que te está contando su historia. Un lugar donde hubo una guerra de treinta-tres días entre Israel y Hezbollah en 2006, y donde disturbios del vecino Siria han entrado en las orillas de Líbano y amenazan extenderse. (No exagero cuando refiero a esa corriente de tensión.)

Te puedes imaginar que sentí algo nerviosa a conocerla hace menos de tres semanas.

Como en cualquiera ciudad, hay muchos detalles por descubrir. Pero quizás, como yo, desconoces éste metrópolis que suena exótico. Es una ciudad por el mar, hogar de un puerto floreciente que se encuentra hombro a hombro con un malecón peatonal. Es una jungla de concreta, su horizonte un desorden de rascacielos y grúas de construcción.

Una jungla de concreta donde flores brotan por las grietas.

Cuando llegamos a nuestro hotel, agotados de un viaje de veinte horas para llegar a Líbano, un olor embriagador de flores nos acogió: habían varios flores de gardenia flotando en un plato a la recepción del hotel. El día siguiente nuestro taxi tenía gardenias encajadas en las aperturas del aire acondicionado, difundiendo su perfume junto con el aire fresco. Vendedores ambulantes ofrecieron collares de gardenias a los semáforos. Estaban por todas partes.

Las gardenias aparecieron hasta en mi lectura a la hora de irme a la cama. Beirut Blues, una novela por Hanan al-Shaykh, una de las escritoras más prominentes de Líbano, trata del país durante la época de la guerra civil. La protagonista Asmahan regresa a Beirut después de haber pasado un rato en las montañas.

“Jawad llama mi atención a las gardenias blancas que están en todas partes; hasta los vendedores de chicle las tienen, y los mendigos rondando una pequeña mesa en el medio de la acera donde hombres están sentados, jugando backgammon… Motoristas las tienen guardadas atrás de sus espejos, y tiemblan con cada pitido de la bocina. Las carretas de los comerciantes callejeros están engalanadas con ellas…”

Hasta en medio de los estragos de guerra, los habitantes de la cuidad andaban con gardenias, recordatorios de la belleza en el mundo.

Todos saben que cada flor representa algo: las rosas rojas – el amor; las rosas amarillas – la amistad; las margaritas – la inocencia. Busqué el significado de las gardenias. Según el sitio web “Flowers by Marilyn,” las gardenias representan la hospitalidad, la gracia, y el amor secreto.

Yo acaba de conocer a Beirut, y me ha ofrecida flores. No menos que las gardenias – un emblema tangible de la hospitalidad de la ciudad y su gente. Una hospitalidad ya que estoy experimentando. Las primeras dos semanas sí son como una primera cita, en el sentido que es demasiado temprano para saber que futuro nos tiene la ciudad. Pero quizás un día, como la gardenia alude, nos amaremos. Hasta ahora, parece prometedor.