Encontrando Lo Conocido… y Soltándolo

“Es como Messina,” mi esposo y yo nos dijimos, la noche que llegamos a Beirut.   Caminábamos por un callejón cerca de la Corniche, el malecón de Beirut.  La angosta calle fue poca iluminada, su cinta de acera rota en partes, y el olor del mar permeaba el aire.  Todo como en Messina, Italia, el pueblo natal de mi esposo.

Ni hablar del tráfico agresivo.  Hasta ahora no he manejado el carro durante nuestra visita anual a la familia en Sicilia, porque serpentear entre motoristas belicosas cuando apenas sé manejar con cambio manual me parece, pues, una mala idea.  Pero unos días después de nuestra llegada a Beirut, escuché a mi esposo y un par de italianos más comentando que realmente el tráfico es como en Nápoles, donde al parecer, les falta leyes de tránsito, igual como aquí en Beirut.

Una expatriada que he conocido aquí vivió anteriormente a Moscú por varios anos, y ella compara los motoristas temerarios Beirutis a sus contrapartes rusas.  Llegando a Beirut desde Tegucigalpa, Honduras, noto que residentes de las dos capitales comparten el hábito de dar indicaciones basado en puntos de referencia en lugar de con nombres de las calles, y también comparten la manera que la gente amablemente da indicaciones, hasta cuando no tienen la menor idea a dónde tienes que ir.

Luego hay la urbanidad de Beirut.  En La Jungla de Asfalto, comparé Beirut con Manhattan, y no soy la única evocando a Nueva York – he visto edificios con los nombres de “Midtown” y “Fifth Avenue” por la ciudad.

Por su ubicación, Beirut me recuerda de mi propio pueblo natal, Seattle.  Las dos son ciudades de puerto, y encajadas entre mar y montaña.  La cima más alta de Líbano, Qurnet as Sawda, mide “solo” 3,088 metros, en comparición con los 4,392 metros de mi querido Mt. Rainier, lo cual pende detrás el paisaje de Seattle…  Pero los Beirutis tienen la clara ventaja de poder pasar unas horas por las montañas y unas horas al mar dentro de un solo día.  Igual como se puede a Vancouver, Canadá, ahora que lo pienso…..

Es la naturaleza humana relacionar algo nuevo con algo conocido, y creo que encontrar lo conocido en medio de lo desconocido es una parte del proceso de adaptación a un nuevo hogar.  Como la escritora Daisann McLane notó en un artículo recién publicado en la revista National Geographic Traveler, encontrando algo familiar puede servir como una piedra de toque – un criterio de comparación, y una herramienta para descifrar lo desconocido.

Pero recién un querido amigo me mandó una reflección filosófica que me hizo pensar algo más sobre mi hábito de comparación.  La esencia del correo fue que nuestras propias expectativas, deseos y juicios dan color a nuestras percepciones.  Estos prejuicios pueden funcionar de manera positiva, como cuando un papá y una mamá creen que su arrugado bebé es el más bello que jamás ha existido, o de manera negativa, por ejemplo, cuando nada puede estar a la altura de las cosas que más extrañas de tu pueblo natal.  Por bien o por mal, estos prejuicios nos impiden ver las cosas con claridad, y para lo que son.

Tráfico y rascacielos, mar y montaña.  He encontrado varias piedras de toque en mis primeras seis semanas a Beirut.  Y de veras, han ayudado asentarme y sentir en casa en esta ciudad nueva (a mí) y compleja.  Pero creo que ahora estoy lista para el próximo paso.  Es hora de trabajar para reconocer cómo mis propias expectativas y prejuicios coloran mi vista de esta ciudad y su gente.  Es hora de dejar de ver las cosas de color de rosa, hora de tomar la cebolla que es Beirut, y comenzar a pelar las capas para ver su interior.  Quiero ver a Beirut para quien es de verdad.  La primera cita se acabó, y me hace ilusión conocerla mejor.

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