El Juego de Esperar

Esto ya he hecho. Pasado días en casa, mantenido un bajo perfil, circulado solo dentro los confines de mi barrio. Claro, en el barrio residencial de Tegucigalpa, Honduras, dónde viví por los últimos cinco años, nunca tuve que preocuparme que algo podría suceder durante tiempos inseguros si me mantuve dentro la casa. A menudo las manifestaciones pasaron pocas cuadras de mi calle, en un bulevar principal, tan cerca que pude escuchar la música y las consignas, pero siempre sabía que no iban a entrar a nuestro barrio. La coche bomba a Beirut el viernes pasado era espeluznante, a un nivel que no he experimentado antes, pero sí sé cómo mantener un bajo perfil.

También he hecho acopio de reservas antes. En Honduras, no me preocupaba tanto las ramificaciones cotidianas de manifestaciones políticas (de lo cual habían bastante), tanto como los efectos de desastres naturales. Aunque el Huracán Mitch del 1998 puede ser una memoria lejana para nosotros a quien no nos afectó, más de 7,000 hondureños perdieron la vida, y otros 33,000 perdieron la casa, con millones más afectados por la falta de agua, electricidad, etcétera. Y eso duró semanas. Al llegar a Honduras, aconsejaron a mi familia que mantuviéramos reservas suficientes para seis semanas de cosas necesarias – leche en caja, agua embotellada, comida en latas, papel higiénico, por si acaso un desastre de aquella magnitud volviera a pasar. Y aunque reservas de seis semanas eran más que jamás llegamos a usar, eran bien útiles en el 2009 cuando destituyeron a Mel Zelaya de la presidencia y hubo varios toques de queda en las semanas siguientes, y todos estuvimos confinados dentro nuestras casas.

Así que la rutina de los últimos días no es nueva para mí – pasar el día en casa, saliendo solo a negocios y restaurantes cercanas (porque salir a almorzar puede parecer un “movimiento necesario” cuando tienes dos pequeños atrapados en un apartamento todo el día). Y como creyente fiel de la filosofía “espera lo mejor, pero prepara para lo peor,” fui al supermercado ayer para comprar unas cosas, asegurando que tenemos suficiente reservas de comida para unos días, incluso cosas que se puede comer hasta si no hoy agua ni electricidad. Leche de larga vida, una caja extra de corn flakes, atún y vegetales enlatados, y unas botellas de agua de 20 litros.

Era común a Honduras ver gente comprando reservas como locos, simplemente porque no se sabía si tus productos favoritos estarían en la tienda en tu próxima visita. Pero con la vida de apartamentos y espacios pequeños a Beirut, no creo que sea tan común. Vi algunas señoras a quien crecieron los ojos cuando vieron mi carrito lleno. ¿Era así de obvio que estuve comprando reservas? ¿Cómo se dieron cuenta? Solo había cuatro latas de atún y dos de chicharros, y ¿quién sabría que yo iba a colocar la caja de corn flakes en el armario de un dormitorio y no en la cocina? Mis reservas eran solo lo suficiente para unos pocos días. ¿Parecía una loca?

Ah, espera un segundo. También habían dos enormes calabazas, de diez kilos cada uno en mi carrito.

La calabaza es una cosecha local a Líbano, normalmente cocido en un jarabe dulce y servido como postre.

Como quizás adivinarías, yo llevaba una calabaza para cada uno de mis niños para cortar para Halloween. ¿Esas mujeres en el super que no paraban de mirar? No me pensaban loca por mis compras de reservas. Me pensaban loca por la cantidad de calabaza que imaginaban que yo iba a comer.

Los niños están de nuevo en la escuela hoy, y mi esquina de Beirut ha estado tranquila desde el viernes. Junta con cada persona con quien he hablado en Líbano, estoy esperando y rezando que las cosas no empeoran. Pero si necesitáramos quedar unos días más en casa, estoy lista ahora. Nos mantendremos ocupados comiendo corn flakes y tallando calabazas.

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Tragedia a Beirut

Los niños y yo estuvimos en casa ayer a las 2:50 pm, con una visita de otra mamá y sus dos pequeños, cuando escuchamos un retumbo que reverberaba. Salté a píe, y fui corriendo al cuarto de los niños, mi amiga inmediatamente detrás de mí, aunque en esos segundos pensé, “¿qué podrían haber hecho esos niños para hacer un ruido tan grande?”

De hecho, los niños jugaban en su propio mundo, el ruido no vino de ellos. Al pensarlo, el retumbo pareció haber venido del otro lado del apartamento. Mi amiga y yo asomamos las cabezas por las ventanas delante y detrás, pero no vimos nada. Los trabajadores de construcción en el edificio de enfrente miraban más allá de mi edificio, al lado derecho. Regresé a una de las ventanas que da por atrás, y fui a la esquina para poder ver al ángulo. Hubo un enorme nube de humo negro en al aire unas pocas cuadras de la casa.

La gente congregada por la calle decía que un chimbo de gas habrá explotado. Mi amiga y yo tranquilizamos. Pero… el ruido fue bien fuerte por haber sido un chimbo – ¿quizás la explosión desencadenó otra explosión? Encendimos la televisión. Ni ella ni yo entendíamos el árabe, pero de los imágenes de metal retorcido y transeúntes heridos, quedó claro que fue algo serio. Encendí mi computadora. Las noticias empezaban a filtrarse. Una bomba de carro. Un muerto. No, dos. No, al menos ocho.

De lo que pudimos ver de los imágenes en la televisión, la explosión ocurrió en algún lugar entre mi apartamento y lo de mi amiga – y ella vive apenas 10 minutos en píe desde mi casa. Ella esperaba a mi casa hasta las 5pm, cuando su marido podía llegar a casa. Luego caminé con ella y sus hijos hasta su apartamento. Había un silencio sobrecogedor en las calles de nuestro barrio, que normalmente son llenas de movimiento. Parece que la policía las había cerrado, y las abrieron justo en el momento que salimos.

Entramos una calle que pasaba cerca de la destrucción, donde las calles eran llenas de personas y policías. Hubo vidrio revantado hasta tres cuadros de distancia (aunque mi amiga tuvo suerte en encontrar sus ventanas intactas).

Durante el transcurso de la tarde, yo había contado a mi amiga mi experiencia de haber estado en Nueva York durante los ataques del 11 de septiembre. Mientras que pasaba el vidrio estallado ayer, pensaba que según lo que yo he visto, el terrorismo no logra doblar la voluntad de los a quien pretende intimidar. Llegué a la casa y busqué por internet mi pensamiento que “el terrorismo no funciona,” con la idea de encontrar una linda citación que habla de la paz y permaneciendo fuerte para insertar en este blog. Pero lo que apareció era un enlace a un artículo escrito por un investigador basado en Harvard, Max Abrahms, publicado en el 2006, “el primer artículo que analiza una muestra grande de grupos terroristas en términos de su eficaz de política.” ¿Su conclusión?

“Los grupos quienes han hecho más ataques en blancos civiles que en blancos militares sistemáticamente fallaron en lograr sus objetivos de política, sin importar el tipo de ataque. Estos resultados sugieren que (1) los grupos terroristas raramente logran sus objetivos de política, y (2) la baja taza de éxito es inherente al táctico del terrorismo mismo.”

Siguiendo con la búsqueda, se encuentra opiniones divergentes, pero de una perspectiva académica se puede decir con certeza que el terrorismo no es una estrategia que claramente gana. Recuerdo el espíritu inspirador de la gente de Nueva York, en esa ciudad y por todos los EE.UU., a ponerse en píe y seguir adelante después de aquellos ataques del 2001. Tomé la siguiente foto al regresar a la casa después de dejar mi amiga, apenas dos horas después del atentado – de una grúa que ya trabajaba en la reparación de una ventana estallada. Como los ciudadanos de Nueva York, los libaneses se ponen en píe, y siguen adelante.

Sobre Identidad

La identidad puede ser un asunto muy sensible en el Medio Oriente. Al llegar a Líbano, pensaba en pasarme como una de mis queridos vecinos al norte, los canadienses. Soy de Seattle, tres horas de la frontera, casi casi soy una canadiense, ¿verdad? Bueno, puedo contar en los dedos de las manos las veces que he visitado Vancouver, B.C., y hasta ahora no conozco las ciudades orientales de Canadá como Montreal, Ottawa o Toronto. Y para ser honesta, tampoco me acuerdo del nombre del presidente canadiense (¿o será que tienen un primo ministro?). No, no creo que pueda fingir ser canadiense.

Así que cuando me preguntan de dónde soy, intento ponerme mi cara más encantadora mientras contesto, “de los EE.UU.” Simplemente no sabía qué tan bien se recibiría a mí como estadounidense en el Medio Oriente estos días. Pero, la conversación normalmente continúa algo así:

“Oh, ¡mi tía/primo/sobrina/hermano vive en los Estados Unidos!” (Y generalmente en Texas – un libanés me explicó que les gusta el clima caliente.) Luego platicamos unos minutos sobre los EE.UU., y sigo adelante sintiendo que acabo de recibir una buena dosis de la famosa hospitalidad medio oriental.

La semana pasada, sin embargo, recibí este comentario, entregado en un susurro de etapa:

“Yo también soy mitad estadounidense, pero quizás no lo debemos decir eso en voz alta ahora.”

De hecho, desde las protestas recientes, incluyendo la matanza del Embajador Chris Stevens a Libia, y el incendio de un KFC/Hardee’s en el norte de Líbano, mi esposo y yo hemos dejado que él contesta la pregunta de nacionalidad cuando estamos juntos. Él nació a Sicilia, y creció a Roma. A todos les encantan los italianos. Hay efusividad. Hay alegría.

“Pasamos nuestra luna de miel a Venecia. ¡Que ciudad más romántica!”

“Es mi sueño visita Italia un día.”

“Que bella es Roma. Caminamos a todas partes.”

“¡Como me encanta la comida/el vino/el arte italiano!”

Con vuelos diarios de sólo tres horas entre Roma y Beirut, hay muchos libaneses que han visitado a Italia, y una cantidad sorprendente que hablan el idioma también. Nos deleitamos con su entusiasmo.

Para los libaneses, la identidad puede ser complicada. Tengo una amiga libanesa quien pasó varios años en el extranjero, en Venezuela y Nigeria. Recién me comento, “Cuando estamos en el extranjero, somos todos libaneses. Apenas regresamos, y ya no somos libaneses, sino cristianos o musulmanes, maronite, ortodoxo o apostólico armenio [sectas cristianas], suní, shi’a o druze [sectas musulmanes].” Por no mencionar twelvers, ismailis y alawites (ramas del islam shi’ite), o católico griego melkite, católico romano de rito latino, cóptico, asiriano, ortodoxo siriaco, y anglicano (ramas de cristiandad). (Ella se propone, por cierto, que se legaliza el matrimonio entre religiones en Líbano como ruta para una convivencia más armonía – ve mi instalación sobre ese tema.)

Al llegar a Beirut, yo quizás pensaba que ser árabe podría ser algo unificador para los libaneses. Luego vi las divisiones enigmáticas en las filas de inmigración al aeropuerto, en “libaneses” y “árabes y extranjeros.” Entonces ¿los libaneses no se consideran árabes? Para los libaneses, ¿quiénes son los árabes? Los visitantes que vienen de los países del Golfo, como Arabia Saudita y Omán? ¿Los egipcianos, marroquíes, y otros africanos del norte también? Un amigo egipciano que tengo aquí me comentó que “los árabes” no habían llegado a Beirut este verano para sus vacaciones habituales, debido a la inestabilidad regional. Así que me parece que él no se considera árabe tampoco. Todavía no lo tengo claro.

Para buscar clarificación, cuando otro libanés que conocí refirió a “los árabes,” le pregunté como se identifica él.

“Somos fenicios,” me contestó con orgullo.

Además de ser ignorante de la política canadiense, admito que no conozco bien la historia fenicia tampoco. Seguramente tuve que leer sobre ella cuando llegué a Beirut y quedaba a dos cuadras del famoso Phoenicia Hotel (hotel fenicio). Pero mejor tarde que nunca es un cliché que me gusta poner a uso, y leí sobre los fenicios esta mañana. Según Wikipedia, ” ‘Fenicia’ es un término del griego clásico que se usa para referir a la región del los importantes pueblos de puerto de Canaán, y no se corresponde exactamente a una identidad cultural que los fenicios mismos habrían reconocida.” Entonces los fenicios eran los canaanites, perteneciendo una región que estudiantes de la biblia se pueden identificar fácilmente, abarcando las ciudades-estado de Biblos, Sidon, Tyre y Berytus (Beirut), ciudades que siguen como parte del Líbano moderno. También es una identificación que se usa sobre todo por los cristianos de Líbano, a menudo con polémica, como una manera de apartarles de sus compatriotas musulmanes. (Aunque también se puede encontrar muchos libaneses quienes son cristianos, y se identifican como árabes también. Podría ser que hay tantas respuestas a la pregunta de identificación como hay personas en Líbano.)

La genética, sin embargo, podría tener otra historia para contar. Científicos han identificado que el “haplogrupo” J2, un marcador de cromosoma, pertenecía a los fenicios antiguos – y el científico Pierre Zalloua encontró que muchos libaneses, tanto musulmanes como cristianos, tienen el marcador. Y que no todos los libaneses que quizás se consideraban “fenicios” llevan ese marcador J2, sino pueden tener marcadores que indican antepasados de Arabia, de India y Irán (quizás de comerciantes antiguos), y de Francia y España (quizás de los Cruzados). O de todos un poco.

Un haplogrupo es como una gran rama del árbol familiar humano. Haplogrupo J2 se encuentra en el Medio Oriente, África del Norte, y Europa del Sur, con una distribución especialmente alta entre los modernos hebreos (30%), Italianos del Sur (20%), y con menos frecuencia en España del Sur (10%). Otro que se comparte entre mucho de las poblaciones varoniles de Líbano, Siria, Malta, Sicilia, España y Israel es haplogrupo G. Como a mi esposo siciliano le gusta recordarme, todos desde los vándalos, godos y nórmanos del norte, los árabes del sur, los españoles del oeste, y los griegos y fenicios del este, vinieron a Sicilia y dejaron su huella. No se sorprende entonces que mi esposo recibe una bienvenida tan cálida aquí a Líbano. Con aquellas ramas árabes y fenicias que se entretejen en su sangre siciliano, él es como un primo perdido que está regresando a casa.