Inesperado

Antes de llegar a Líbano el mayo pasado, tuve poca experiencia en el Medio Oriente. Viajes de negocio por un trabajo después de la universidad me dieron unos días en Dubai, Cairo y Bahrain hace años y años. El resto de lo que sabía de la región vino de las noticias. No sabía qué esperar al llegar. Llevo ahora nueve meses, y han habido bastante sorpresas.

No esperé:

  • Que al dejar mi hijo para jugar con un amigo en un barrio musulmán, la joven mamá del otro niño me saludaría vestida con pantalones ajustados y una camiseta escotada y sin mangas. Más sorprendente aun cuando emergió su mamá (la abuela) vestida con la tradicional abaya
    negra.
  • Que mis amigos musulmanes me desearían una feliz navidad, y que las decoraciones navideñas estarían por las calles hasta la tercera semana de enero.
  • Que la seguridad en la calle sería mejor aquí que en varias ciudades de los EEUU, con una tasa de homicidio menor de las tasas a Nueva York o Seattle, por ejemplo.
  • Que la “pizza libanesa” que se vende a Pizza Hut llevaría jamón, cuando quizás la mitad de la población (los musulmanes) no comen chancho.
  • Que no solamente se permite alcohol, pero hasta hay viñedos, y vino local bastante decente.
  • Que yo aprendería esquiar viviendo al Medio Oriente.


La estación de esquí más cercano queda a tan solo una hora de Beirut, y a la primera nieve, grupos de todo tipo de persona, desde jóvenes en jeanes hasta mujeres mayores con botas de tacón (ninguno con un atuendo adecuado para la nieve, pero todos con mucho entusiasmo) toman buses colectivos hasta las faldas de las montañas, y se sientan en la nieve alrededor de pipas de shisha, como si fueran fogatas por la playa, tocando el derbake, o tambor de tablah, y algunos tomando directamente de sus botellas de vino libanés y whisky Johnny Walker, bajando por turno las cuestas de nieve en trineo.


Los que tienen los $45 para el pase de esquiar y los $15 para alquilar el equipo (y otro US$35 a la hora si desean una lección) pueden esquiar, y la nieve puede ser asediada.

Hay otros, por supuesto, que vienen para la famosa vida “après-ski.” Aquí hay el vestíbulo estilo “lodge” del hotel Intercontinental, un domingo en la noche. Los sábados, las mesas se llenan con hombres musculosos y mujeres en tacones. En lugar de suéteres calentitos estilo-noruego, los hombres llevan camisas oscuras de marca Armani, y las mujeres camisetas con lentejuelas y sin mangas. El Intercon se prepara para ellos—cuando fuimos nosotros, hacía tipo 25 grados (85 F) adentro. Me quité mi suéter de lana, y los niños pidieron helados en lugar de chocolate caliente.

Antes del enero, me confundía cuando personas me dijeron que Líbano se conocía como “La Suiza del Medio Oriente.” ¿Qué podría significar? No ha sido exactamente un rayo de paz como la Suiza. Yo me recordaba, más bien, haber escuchado que se conocía como el “París del Medio Oriente,” y viendo los toques europeos a la arquitectura, el aire cosmopolita, y los cientos de miles de libaneses que hablan el francés tan fluido como el árabe, me lo imaginaba fácilmente.

Ahora sí entiendo la referencia a la Suiza. Según Wikipedia, “el esquí se introdujo a Líbano en el 1913 cuando Ramez Ghazzoui, un ingeniero libanés, regresó de sus estudios a Suiza e introdujo sus amigos al deporte en las montañas cerca [el pueblo de] Aley a Mt. Líbano.”

Hace falta que se calienta (bastante) antes de que yo pueda probar el cliché de esquiar en las montañas por la mañana, y nadar por el mar en la tarde. Por ahora, logremos esquiar un día, y montar bicicletas bajo el sol a la orilla del mar el día siguiente. Nada mal, nada mal.

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