Caminatas en Líbano – a Horsh Ehden

La semana pasada fue la celebración musulmana de Eid-al-Adha, lo cual (según Wikipedia) honora la disposición del profeta Abram a sacrificar su joven hijo en un acto de sumisión a la voluntad de Dios, y la aceptación de su hijo a ser sacrificado, antes de que Dios interviniera, proporcionando a Abram un cordero a sacrificar en lugar de su hijo. Es uno de las celebraciones musulmanes más importantes del año. Mi esposo recibió tan solo un día de feriado, pero mis hijos recibieron cuatro (!), y quise aprovechar a hacer turismo.

(Wikipedia también reveló que Eid-al-Adha dura cuatro días, supongo que fue por eso la vacación de la escuela duró así tanto.)

Bueno, el feriado oficial para Eid fue el martes pasado, así convencí a mi esposo escapar temprano del trabajo el lunes, metimos los niños en el carro, y manejamos al norte, al pueblo de Ehden. Queda tan solo 90 minutos de Beirut, pero cuando vives en un país de estampilla, te acostumbras a distancias cortas y 90 minutos parece más de lo que se puede hacer en un solo día, así que decidimos pasar la noche allá.

Salimos de la carretera principal para subir las montañas al este unos pocos kilómetros antes de Trípoli – una ciudad que no hemos visitado todavía debido al combate que revienta en la ciudad de vez en cuando, como resultado de la guerra que excede de la frontera con Siria. Pudimos ver Trípoli desde la carretera, y de lejos se miraba tranquilo y bello.

Llegamos a Ehden, que pudiera haber sido un pueblo de montaña en Italia o Croacia – callejones serpenteantes, negocios chiquitos rodeando una plaza central, una capilla que se dice es la iglesia Maronita más antigua del Líbano.

San Mama, del año 749 A.D.

(Hay una cantidad desmesurada de hoteles a Ehden por ser un pueblo tan pequeño, reflejando su popularidad como un destino estival, para escapar el calor. Hacía “solo”28 grados cuando nos fuimos de Beirut, pero de hecho escapamos el calor – era propio frío a Ehden, y nos alegramos de haber empaquetado suéteres al último momento.

El hotel nos parecía excesivamente caro por un estándar Americano/Europeo, pero es normal para Líbano (parece que la bajada dramática de turistas ricas del Golfo durante los últimos 18 meses no ha llevado los hoteleros a bajar los precios). Pero sí fue lindo, una casa tradicional libanesa renovado y convertido en hotel boutique, ubicado al par de la plaza. (Estar al par de la plaza no era tan lindo a las tres de la madrugada, cuando los últimos de los juerguistas de Eid se gritaban de un lado de la plaza al otro, pero sí lo disfrutamos cuando salimos a pasear en el pueblo al anochecer.)

El restaurante del hotel había cerrado cuando la estación estival terminó. En su lugar, el personal del hotel nos acompañó a un restaurante pequeñito de solo dos mesas que se llama Abou Simón. Abou Simon (el papá de Simón) es un soltero mayor (¿viudo? ¿divorciado? me pareció impertinente preguntar) quien elabora sus propios escabeches y mermeladas, y barbacoa cualquier tipo de kebab sobre las brasas afuera del local, sin jamás quitar su blazer de tela escocesa. Estuvimos todos algo tensos cuando el personal del hotel nos dejó, porque el inglés de Abou Simón fue tan pobre como nuestro francés. Luego descubrimos que él vivió por más de una década a Venezuela, y con alegría cambiamos al español. Para el final de la comida (compuesto de verduras, quesos, pinchos de pollo, carnero y albóndigas, todos ultra-frescos y ultra-deliciosos), éramos amigos queridos.

El día siguiente, nos dirigimos a Horsh Ehden, una reserve natural, para una caminata. Como estuvimos en las montañas, la primera hora era una subida tortuosa (pero si te ocurre ir y no estarás con una niña reacia de ocho años, la subida se puede caminar en la mitad del tiempo). Nuestros esfuerzos se premiaron con un escenario hermoso de árboles deciduos que se había hecho dorados, y una foresta de los famosos cedros de Líbano como telón de fondo.


Después de tanto caminar, estuvimos afamados, pero igual quisimos empezar la calle a casa. Bajamos de las montañas al mar, y llegamos a Batroun, donde nos paramos para la comida. Suéteres al anochecer, y nadadores el día siguiente. Al principio me dio lástima que no había traído los trajes de baño de mis hijos, pero no debería haberme preocupada. Mi hija no le permite a nada pararla, y después de comer se tiró al mar para nada, tal como estuvo, zapatos y todo. Un día glorioso.

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Pensando en Siria y Comiendo a Tawlet

Estoy pensando mucho en Siria, y no es solamente porque vivo en el Medio Oriente. De los periódicos estadounidenses que leo en línea, y de las llamadas que recibimos de la familia de mi esposo en Italia, veo que hay muchos pensando en Siria en los EEUU y por toda Europa también.

Aquí en Líbano:

Voy al parque…. y hablo con otros papás y mamás sobre Siria.

Salgo de noche a cenar con mi esposo y nuestros amigos…. y hablamos de Siria.

Paso por la casa de una amiga… y con nos esforzamos a evitar el tema de Siria mientras tomamos un café. Pero… la televisión está encendida mientras que damos unos sorbos a nuestro ‘ahwe, y CNN no habla de otro que Siria.

No me alcanza el tiempo para mantenerme al día con todo que hay para leer sobre Siria. (Pero si te interesa el tema y no te molesta leer en inglés, aquí hay una lista – actualizado con regularidad – de artículos recomendados en línea, creado por el periodista Bill Moyer.) Ayer encontré una frase que me resonó, aunque si ya son dos meses desde que se publicó en Foreign Affairs:

Las reglas de Las Vegas no se aplican a Siria: lo que sucede en Siria no se quedará en Siria.” *

Eso ya está claro para los vecinos en Líbano. Con 630,000 refugiados registrados y cientos de miles más Sirianos viviendo sin registrarse en Líbano, ya sabemos que lo que sucede en Siria no se queda en Siria. Con secuestros tras-fronteras – algunos para venganza, otros para el rescate – aumentando, ya sabemos. Con dos coche bombas a Trípoli y una a Beirut el mes pasado, ya sabemos. Y lo que no sabemos, especulamos. Los vecinos en Israel ya están abasteciendo con máscaras antigás, por si un ataque estadounidense podría significar que Siria responde con armas químicas en Israel. Aquí en Líbano nos preocupa que un ataque estadounidense en Siria podría, por ejemplo, resultar en un ataque por el grupo libanés Hezbolá contra Israel, que a su vez seguramente resultaría en un ataque israelí contra Líbano. (La última guerra entre Hezbolá e Israel tomó lugar en 2006, y en tan solo 34 días resultó en 1,191–1,300 muertos libaneses, and 165 muertos israelíes, y otros millón libaneses y 300,000–500,000 israelíes desplazados de sus hogares.) Líbano intenta mantenerse afuera de la ecuación siriana con su política oficial de “disociación” por buenas razones.

Sin embargo…

¿Qué es la vida sin alegría? Nour Malas escribió en el Wall Street Journal que hasta hay un negocio que vende vestidos de novia en el campamento de refugiados Za’atari en Jordania. Las parejas están eligiendo vivir en el momento en lugar de sufrir la incertidumbre enloquecedora, cambiando inercia por acción.

Igual, el domingo yo estuve decidida salir de la jungla de asfalta, y recordarme de la belleza de Líbano. Llevando mi marido, mis hijos, y hasta otra familia, fui al Valle de Beká para probar el restaurante Tawlet Ammiq. Un día para disfrutar un buen almuerzo, una copa de arak, y la compañía de buenos amigos.

Tawlet (que significa mesa en árabe) es un restaurante orgánico operado por la comunidad, en la orilla occidental del Líbano oriental. El menú varía cada fin de semana según lo que las mujeres del pueblo se animan a preparar, de lo cual cocinan mucho en sus casas y traen al restaurante ya listo. Jóvenes de los dos pueblos cercanos te llenan el vaso de agua, limonada, o arak.

La comida fue fantástica – ensaladas de tabbouleh y fattoush, frescas y cítricas; cremas de berenjena, de garbanzo, y de yogurt (mouttabal, hummus y labneh, respectivamente); kibbeh nayyeh (un plato de carne crudo picado); pollo y pescado a la plancha. Había también shish barek (empanaditas de carne en una sopa de yogurt con eneldo), carne con frikke (trigo verde tostado), y mulukhiyah (estofado de pollo con algún tipo de hoja). Para postre, pescas, higos, melón y sandía, galletas al limón, y knafe, un postre árabe de queso dulce cubierto con migas de sémola y jarabe de azúcar.

El paisaje era tan estupendo como la comida. El restaurante ha sido construido en la falda de una montaña salpicada de árboles y ruinas de piedra, cerca de dos pequeñas iglesias. La mayoría de las mesas están al aire libre – algunos sobre grama verde, otros en el porche, todas colocadas para gozar el panorama del valle.


(Si te tienta, los detalles son los siguiente: $40pp por adultos, $20pp por niños, se recomienda reservaciones, tel. 0300-4481. En carro se tarda unos 75 minutos desde Beirut. Si no tienes tiempo por el viaje, hay otro sucursal de Tawlet en el barrio Gemmayze de Beirut, lo cual sirve un almuerzo buffet lunes a sábado por US$30pp.)

El restaurante es un esfuerzo transnacional e interreligioso, modelado en un proyecto de desarrollo en Jordania, su construcción financiada por asistencia suiza. Las cocineras y los meseros son de los pueblos cristianos de Ammiq y Niha, mientras el encargado y su esposa – quien es la jefa de cocina – provienen de un pueblo druso (una rama de Islam) en la reserva de cedros Shouf. Un pequeñísimo rayo de exitosa cooperación y co-existencia en una región asediado por conflicto.


Las montañas en el lado lejano del valle forman la frontera con Siria, menos de 20 kilometros de donde almorzamos. La montaña verde que se directamente arriba de la jarra de agua en la primera foto, y el pueblo encima de las montañas en la segunda foto pertenecen a Siria. Según el encargado del restaurante, bombardeos formaban una parte regular del paisaje auditorio hasta un par de semanas, cuando una facción o la otra (pienso que dijo los rebeldes, pero no puedo decir con certeza) tomó control de un pueblo o una región apenas en el otro lado de las montañas. Me pregunté si el ruido del bombardeo en las distancia afectó los apetitos de los que venían a comer a Tawlet durante aquellos fines de semana anteriores. Escuchamos lo que posiblemente eran tiros en la distancia a un cierto momento – lo cual en Líbano podría significar que escuchábamos cualquier cosa desde una celebración de un cumpleaños o un discurso político, hasta bombardeos en Siria – y nos pusimos tensos mientras esperábamos para ver si los ruidos continuaban, relajando solo cuando no volvimos a escucharlos.

Así que comimos y nos reímos más, continuando, como siempre hace la humanidad, a pesar de los tiempos difíciles.

*    *    *

Naturalmente, la vida puede cambiarse en un instante, y hasta mientras yo escribía esta entrada, escuché las noticias sobre la evolución reciente de la situación: puede que se evitará un ataque de parte de los estadounidenses si las armas químicas sirianas se dan a la Rusia.

Puede ser que el indulto sea temporánea, pero aquí en Líbano nos lucimos al juego de esperar. Por ahora, se siente como Líbano ha respirado un suspiro colectivo de alivio.

*Para los que no conocen, “Lo que sucede a Vegas se queda a Vegas” es el lema popular que la Ciudad del Pecado (Las Vegas) empezó a utilizar para promocionarse hace unos años. Interesantemente, durante la búsqueda para el link al artículo de Foreign Affairs, encontré otro artículo con casi la misma frase, también del mes de julio, pero publicado en la revista New Statesman,– con crédito al exdirector de planificación de políticas al Departamento del Estado de los EEUU Dennis Ross. No sé quién lo dijo primero, pero es innegable que tenían toda la razón.

Maravilloso Mezze Parte II – Cuidado Vegetarianos

Hummus, tabbouleh, calamari, alitas del pollo – ¡me encantan! Otros favoritos que no logré mencionar en mi última instalación son kibbeh, como albóndigas fritas, y rakayek, queso envuelto en filo y frito (¡y se critica cuánto a los gringos les encantan las cosas fritas!). La comida libanesa es encantadora.

¿Verdad?

Luego me hablaron de los asfour. Pajaritos que se come enteros. Se dice que la mejor parte son los sesos, la manera que explota en la boca cuando se mastica la cabecita crujiente. Así se dice al menos.

Me hizo pensar en un jefa que tenía, en los días que yo trabajaba en la recaudación de fondos para una organización no-gubernamental. Había una vez que ella se organizó una cena con un chef ultra conocido de la Francia. Contó con ánimo cómo el chef trajo ortolan a los EEUU para una cena. Pajaritos que se come enteros – es ilegal importarlos, pero parece que se podría traer para consumo personal. (No me acuerdo con cuál ONG trabajaba, pero obviamente no era una que se relaciona con la protección de la vida silvestre.) Lo que me acordaba de la historia, era que de acuerdo con tradición, cuando se sirvieron los pajaritos cada invitado (incluso mi jefa) se colocó una manta con una capucha grandísimo, con lo cual se cubrió la cara mientras se comían los parajitos, para que nadie se viera la vergüenza de comer aquellos pequeñitos pero deliciosos pajaritos. Alguna tradición francesa supongo, lo cual me parecía bastante extraño y algo asqueroso. (Parece locura, pero se puede leer sobre los ortolan y la tradición aquí.)

No me malentiendes. Soy una comelona aventurera. He probado cocodrilo y sesos de oveja, y gracias a los parientes de mi esposo siciliano, he probado buñuelos de neonata – que son pescaditos apenas nacidos, tamaño de una uña. Los pajaritos aparecen en cada menú en Líbano, y ni hacía falta ponerse una manta para esconder la vergüenza de comérselos. Pero yo los había visto crudos en el supermercado. No estaba lista para comprometer a un plato entero de ellos.

Realmente agradezco que los carniceros quitan las cabezas de los pollos antes de vendérmelos.

Yo esperaba hasta que estuve con un grupo de amigos, donde la única libanesa en el grupo se entusiasmó sobre los asfour. Juntas con otra amiga curiosa, una inglesa recién llegada a Beirut, decidimos compartir un plato de los pajaritos. Normalmente se sirven fritos (¡otra vez!), pero en este restaurante, sólo se servían a la barbacoa. “¿Está bien?” me preguntó la libanesa. Mmmm… ¿qué sé yo? “Sí, no hay problema.”

Nuestros niños llegaron a la mesa como gatos a su presa cuando los asfour llegaron. Ocho pajaritos, tres adultos con voluntad, y tres niños curiosos. Tal vez los íbamos a terminar en una bocada, y hasta ¡tener que pedir otro plato!

Debo decir, llegaron ya sin cabeza. Pero igual yo no sabía como abordar la cosa. Lo tomé con mis dedos, y empecé mordisqueando lo que sería el pecho. Luego machaqué la pierna. La carne era oscura, como el color de hígado cocido. ¿Su sabor? Yo esperaba algo como la carne oscura del pavo, o parecido a la paloma que probé una vez (en Italia, nuevamente). Pero era… amargo. “Bastante desagradable,” dijo la inglesa. Los tres niños corajosos que habían probado los pajaritos los proclamaron “bien,” pero no terminaron lo que ya era una cosa pequeña. “Son mejores fritos,” comentó la libanesa.

Tengo dudas que voy a poder acopiar bastante interés para probarlos nuevamente.

Otro plato de los mezze que simplemente no me emociona es kibbeh nayeh. No lo confundas con el “kibbeh” que mencioné al principio – este se come crudo. Carne cruda, algo parecida a la carne “tartar” que se come en Francia, pero hecho con cordero en lugar de res, y arreglado en una manera más artística en el plato. Quizás es una legada de la colonización francesa – o quizás los franceses tomaron su pasión por la carne cruda de los libaneses. Porque sí se consideran exquisiteces a los productos cárnicos crudos aquí – como supo mi marido al visitar un pueblo fuera de Beirut.

Él había llegado para una ceremonia relacionada con el trabajo, y la gente local había preparada un banquete especial. Lo presentaron con un plato que traía tres tipos de… trozos no-identificables. Algunos rosados, otros blancos, y otros un rojo oscuro. Era una de las ocasiones cuando rechazar la comida habrá sido una ofensa grave. Se los probó todos. ¿El rosado? El sólito kibbeh nayeh.

¿El blanco?

Grasa cruda.

¿El rojo oscuro?

Hígado oscuro.

Mi estomago se revuelve al no más pensarlo. Y parece que el estomago de mi esposo también se revolvía – el entero viaje de dos horas en carro para regresar a Beirut. “No pude terminar todo el plato,” me confesó. No le culpo. Tal vez debo quedarme con los asfour.

Pero no te quiero dejar con un sabor amargo en la boca… Te ofrezco un imagen más – de un plato de fruta que nos ofreció un restaurante al mar, después de que habíamos rellenados de mariscos de primera clase. Completo con un vasito de arak, el licor nacional a base de anís. (Una ayuda seria a la digestión – del tipo que se necesita después de un plato de carne cruda.)

Y para quien se anima, aquí hay una receta para aquellos riquisimos enrollados de queso. Yo los puedo comprar congelados al supermercado, y freírlos no más a casa, pero para quienes no tienen ese lujo, son bastante faciles de hacer en casa.

Maravilloso Mezzé – Parte I

Estamos en medio de la temporada de fiestas, y es hora de hablar de la comida (porque no logro pensar en otro estos días….)

La comida es algo sobre lo cual más me hablaron cuando mis amigos supieron que me trasladaba a Líbano. “¡Ay, la comida!….” “¡Te puedo recomendar un restaurantazo….!” “¡La comida es increíble!….” Para ser honesta, me hizo animar bastante sobre Beirut. (Quien dijo que “al hombre se le conquista por el estómago” no había conocido a esta mujer.)

De hecho, al llegar a Beirut, después de unos veinte horas de viaje, llegamos al hotel a las 9 de la noche, y salimos de inmediato para cenar: mezzé por la orilla del mar. Los mezzé son los aperitivos típicos libaneses.

Empezando de la derecha por arriba: verdura de diente de león, calamares fritos (aunque casi no se ve, están atrás del platito de salsa aioli), pulpo al ajillo, puré de berenjena a la plancha (parecido al baba ghanoush, pero con un sabor al carbón). Oh, y papas fritas para los niños, lo cual he descubierto están siempre en el menú de los mezze (en inglés se llaman papas a la francesa – ¿podría ser que les encantan acá porque el Líbano era una colonia de la Francia?…) Todo fantástico.

Por supuesto, se encuentra los famosos “tabbouleh” (ensalada de perejil) y “hummus” (puré de garbanzos) en todo menú de mezzé, y son infinitamente mejor que las versiones que se vende en pequeños envases de plástico en los supermercados de los EEUU. El tabbouleh libanés se hace con el perejil más fresco, aceite de oliva local, unos pocos tomates, y otro poquito de trigo bulgur.

Esta foto de tabbouleh estilo libanés viene del blog de Fair Trade Lebanon – donde hay tienen una receta también. Yo lo estaba comiendo felizmente con pan pita, hasta mi tutora de árabe supo. Se escandalizó. Parece que aquí en Líbano se come con hoja de lechuga o repollo. Lo probé después. Es rico así también.

El hummus aquí es excepcionalmente cremoso, y tiene variedades como picante, o “Beiruti” – tachonado de carne picada y piñón. Hasta hay una rivalidad entre los archienemigos Líbano e Israel, sobre quien lo tiene más grande. No, nada grosero — es sobre quien tiene el plato más grande de hummus. Los dos países se luchan por el récord mundial, y Líbano es el campeón actual, después de doblar el récord israelí en el 2010, con un plato de hummus que pesaba 10,452 kilos. Ojalá que alguien lo comió, y no se perdió todo esa comida. Quizás la próxima vez, no se debe competir por el más grande, sino por el más delicioso. ¡Me ofrezco como jueza!