12 Meses de Vida a Líbano

A las siete de la noche hoy, hace un año que llegué a Beirut, lista para empezar una nueva aventura.

En honor de la ocasión, quise compartir 12 imágenes – uno para cada mes – ojeadas a la Vida a Líbano.


Y aquí estoy, con mi querido guía al Líbano (publicado por Bradt), al Palacio Beiteddine, apenas ayer.


(Moon Handbooks es mi favorito publicador de guías turísticas por supuesto, pero no tienen un libro sobre el Líbano…. todavía.)

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El Olor de Gardenias

El olor de gardenias llevó por mi ventana mientras trabajaba a mi computadora esta mañana. Su perfume me recuerda de nuestra llegada a Beirut, cuando habían vendedores con cadenas de gardenias a cada semáforo. Y a su vez, eso me recuerda que al final de este mes, cumplimos un año de estar aquí.

Ha habido bastante tensión a Líbano durante este año, con una bomba de carro en octubre, y un mar de refugiados buscando amparo de la guerra en Siria. Pero esas gardenias me recuerdan de cuántas cosas lindas hemos visto también. Espero que era evidente en mi blog cuánto más ofrece Líbano que lo que aparece en las noticias.

Pensando en eso, quise compartir contigo un blog escrito por David Lebovitz, un pastelero californiano quien reside ahora a París, y visitó a Líbano hace un par de semanas para explorar la cocina y cultura del país. Espero que tengas un minuto para mirarlo, y si no hablas inglés, vale la pena ver las fotos.

http://www.davidlebovitz.com/2013/04/lebanon/

Deleitando la comida, maravillándose de la hospitalidad, y con fotos tan lindos casi puedes saborear la bella comida. Al menos deseas que pudieras. De hecho, la heladería que menciona, Hanna´s, queda a tan solo un par de minutos de mi casa. Tal vez la visito ahora….

Surrealidad Siriana

En inglés, “surreal” se define como – “marcado por la realidad irracional e intensa de un sueño; también: increíble, irreal” (merriam-webster.com)

No sé exactamente qué tan lejos es desde Beirut a la frontera siriana. Tal vez 65 kilómetros por carretera. En línea recta, son apenas 88 kilómetros entre Beirut y Damasco, la capital siriana.

Yo llegué así de cerca hace un par de semanas:

No, no fui a escribir un artículo sobre noticias internacionales, ni tampoco fui a visitar las comunidades que están hospedando los refugiados, ni nada así de noble. Más bien, fui para visitar un viñedo libanés cerca del pueblo de Zahle, donde almorcé con pichón y cordero a la plancha en su restaurante al aire libre, tomando vino libanés bastante bueno…. unos pocos 35 kilómetros desde un país en guerra.

También recorrimos otro viñedo cercano, que se fundó en 1857 por padres jesuitas. Dentro sus bodegas hay dos kilómetros de túneles construidos hace siglos, por los romanos que pasaron por esta región. Todo menos de una hora desde Beirut, y media hora no más desde la frontera con Siria.

marcado por la realidad irracional e intensa de un sueño“… sí, era indudablemente surreal.

Zahle parecía tranquilo, contradiciendo un influjo asombroso de gente refugiada al Líbano: 431,110 fue la cifra en el 20 de abril. Los demás vecinos sirianos, Jordania y Turquía, también están hospedando cientos de miles de refugiados, aunque sea en espacios muchos más grandes. Líbano comparte 330 kilómetros de frontera con Siria, y piadosamente y correctamente está manteniendo las fronteras abiertas a todos sirianos (inclusive los palestinos residentes en Siria). Se estima que 3,000 refugiados pasan todos los días. La carga es pesada, y recomiendo a quienes les interesa el tema, que lean este artículo (en inglés) escrito por el director de política sobre refugiados en la agencia Human Rights Watch, Bill Frelick.

431,110 refugiados significa que uno de cada diez personas en Líbano hoy es un refugiado siriano.

Imaginamos que sería el equivalente si algo parecido sucediera en Honduras, donde yo vivía antes de Líbano. Calculando sobre una población hondureña de 8.1 millones, un equivalente per cápita sería si 810,000 guatemaltecos llegaron al país, dentro de un margen de tiempo de 15 meses. (Compara ese dato con la realidad de la guerra civil de Guatemala – en los 36 años de guerra, el total de refugiados fue la mitad – 400,000 – y aquellos fueron distribuidos entre los EEUU, México, El Salvador, Belice y Honduras.) Imaginamos todos los amigos en Copán que estarían ya desesperados, después de un año si turistas debido a su ubicación tan cerca a la frontera, con sus cuartos de huéspedes albergando refugiados, y la gente que se pasa de lista alquilando sus garajes como casas a los desesperados que solo quieren escapar la violencia. Obviamente Copán es demasiado pequeña para hospedar tantas personas, y llegarían a cada departamento del país. Los alquileres subirían, los trabajos se harían escases, y todo se pondría más difícil, para los locales y los refugiados juntos.

Según el periódico de la semana pasada, el Embajador a las NNUU del Líbano pidió ayuda internacional, en base de una proyección de 1.2 refugiados sirianos antes del final del 2013. Solo en Líbano.

Los números verdaderos serán aún más altos, dado que muchos sirianos de ingreso medio y alto no registran como refugiados en Líbano, porque no necesariamente ocupan asistencia con comida, casa y cuidado sanitario. Tomando en cuenta los refugiados no-registrados, hasta un cuarto de las personas viviendo hoy día en Líbano son Sirianos.

increíble“…. Sí, los datos son absolutamente surreales

Números, números, números.

Les doy unas pocas historias detrás los datos.

  • En los nueve meses que hemos vivido a Beirut, hemos visto un aumento en méndigos y vendedores ambulantes por la calle. Más niños vendiendo chicles al semáforo, mujeres con pañuelos cubriendo su pelo pidiendo limosnas delante las mosqueas (muchas veces con niños enfermizos a sus lados). No podría decir su nacionalidad solo por mirarlos, pero si son sirianos o no, son parte del efecto de la crisis, mientras Líbano pierde sus turistas y los refugiados empobrecidos se agregan a los lugareños empobrecidos.
  • Me dijeron que 50 familias sirianas fueron recientemente aceptados en una de las escuelas internacionales que considerábamos cuando llegamos a Líbano (haciendo que habían muy pocos cupos). Hay muchas familias sirianas en la escuela donde asisten mis hijos. Uno de los compañeros de mi hijo es siriano – su familia es propietaria de un hospital en Siria, que han logrado mantener abierto a pesar de haber debido abandonar su país. Claro, los niños en escuelas privadas son relativamente afortunados. En enero de este año, ya habían 32,000 niños sirianos registrados en las escuelas públicas libanesas, donde se enfrentan con intimidación y maltrato, tanto por parte de los maestros como por los demás estudiantes, y sufren con las lecciones de inglés y francés que los estudiantes libaneses empiezan en el kínder.
  • En una cena recién con amigos, había una mujer siriana que contaba del abuso verbal que su mamá recibió, por manejar un carro con placas sirianas. La mujer es abogada, y junta con su hermano está intentando mantener su bufete en Siria trabajando a distancia.
  • Hace un par de semanas busqué con quien practicar mi conversación árabe a través del sitio web www.italki.com. Mi primera cita por Skype era con un siriano – quien me canceló porque su primo había muerto – matado por “un arma tirado por el gobierno” dijo cuando hablamos un par de días más tarde (¿tal vez quería decir una bomba? Pero no me pareció el momento de corregir su inglés, como hice cuando me llamó “Señor Amy”). Él está trabajando en Arabia Saudita, sus padres viven en los Emiratos, y su novia ha dejado Siria para Jordania, todos esperando el día de volver a estar juntos.
  • En el 6 de marzo, la cantidad de refugiados sirianos por toda la región ya había llegado a ser un millón. La Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) convirtió los números en caras de forma conmovedora, a través de una galería de fotos, de 13 refugiados sirianos con la cosa más importante que lograron llevar consigo cuando huyeron su país – las cosas era tan únicos como las personas, y abarcaron desde lo práctico (“mi celular”) hasta lo poético (“mi alma”). Vale la pena tomar un par de minutos y verlas.

He donado ropa y artículos de higiene personal a una organización a Beirut que apoya a los refugiados. Ropa y comida a una colecta que hicieron en la escuela de mis hijos, para apoyar tanto los libaneses necesitados tanto como los refugiados. Tal vez no vives tan cerca para apoyar así. ¿Qué más puedo hacer?

En la investigación para esta instalación, vi que ACNUR ha lanzado un fondo de US$1 billón para responder a la crisis, pero hasta ahora ha recibido solo 55% de los fondos. Sin mencionar que ya se dice que hará falta revisar la cantidad, debido a los aumentos dramáticos de refugiados. Así que encontré mi próxima manera de ponerme en solidaridad.

http://donate.unhcr.org/syria

Sobre Identidad

La identidad puede ser un asunto muy sensible en el Medio Oriente. Al llegar a Líbano, pensaba en pasarme como una de mis queridos vecinos al norte, los canadienses. Soy de Seattle, tres horas de la frontera, casi casi soy una canadiense, ¿verdad? Bueno, puedo contar en los dedos de las manos las veces que he visitado Vancouver, B.C., y hasta ahora no conozco las ciudades orientales de Canadá como Montreal, Ottawa o Toronto. Y para ser honesta, tampoco me acuerdo del nombre del presidente canadiense (¿o será que tienen un primo ministro?). No, no creo que pueda fingir ser canadiense.

Así que cuando me preguntan de dónde soy, intento ponerme mi cara más encantadora mientras contesto, “de los EE.UU.” Simplemente no sabía qué tan bien se recibiría a mí como estadounidense en el Medio Oriente estos días. Pero, la conversación normalmente continúa algo así:

“Oh, ¡mi tía/primo/sobrina/hermano vive en los Estados Unidos!” (Y generalmente en Texas – un libanés me explicó que les gusta el clima caliente.) Luego platicamos unos minutos sobre los EE.UU., y sigo adelante sintiendo que acabo de recibir una buena dosis de la famosa hospitalidad medio oriental.

La semana pasada, sin embargo, recibí este comentario, entregado en un susurro de etapa:

“Yo también soy mitad estadounidense, pero quizás no lo debemos decir eso en voz alta ahora.”

De hecho, desde las protestas recientes, incluyendo la matanza del Embajador Chris Stevens a Libia, y el incendio de un KFC/Hardee’s en el norte de Líbano, mi esposo y yo hemos dejado que él contesta la pregunta de nacionalidad cuando estamos juntos. Él nació a Sicilia, y creció a Roma. A todos les encantan los italianos. Hay efusividad. Hay alegría.

“Pasamos nuestra luna de miel a Venecia. ¡Que ciudad más romántica!”

“Es mi sueño visita Italia un día.”

“Que bella es Roma. Caminamos a todas partes.”

“¡Como me encanta la comida/el vino/el arte italiano!”

Con vuelos diarios de sólo tres horas entre Roma y Beirut, hay muchos libaneses que han visitado a Italia, y una cantidad sorprendente que hablan el idioma también. Nos deleitamos con su entusiasmo.

Para los libaneses, la identidad puede ser complicada. Tengo una amiga libanesa quien pasó varios años en el extranjero, en Venezuela y Nigeria. Recién me comento, “Cuando estamos en el extranjero, somos todos libaneses. Apenas regresamos, y ya no somos libaneses, sino cristianos o musulmanes, maronite, ortodoxo o apostólico armenio [sectas cristianas], suní, shi’a o druze [sectas musulmanes].” Por no mencionar twelvers, ismailis y alawites (ramas del islam shi’ite), o católico griego melkite, católico romano de rito latino, cóptico, asiriano, ortodoxo siriaco, y anglicano (ramas de cristiandad). (Ella se propone, por cierto, que se legaliza el matrimonio entre religiones en Líbano como ruta para una convivencia más armonía – ve mi instalación sobre ese tema.)

Al llegar a Beirut, yo quizás pensaba que ser árabe podría ser algo unificador para los libaneses. Luego vi las divisiones enigmáticas en las filas de inmigración al aeropuerto, en “libaneses” y “árabes y extranjeros.” Entonces ¿los libaneses no se consideran árabes? Para los libaneses, ¿quiénes son los árabes? Los visitantes que vienen de los países del Golfo, como Arabia Saudita y Omán? ¿Los egipcianos, marroquíes, y otros africanos del norte también? Un amigo egipciano que tengo aquí me comentó que “los árabes” no habían llegado a Beirut este verano para sus vacaciones habituales, debido a la inestabilidad regional. Así que me parece que él no se considera árabe tampoco. Todavía no lo tengo claro.

Para buscar clarificación, cuando otro libanés que conocí refirió a “los árabes,” le pregunté como se identifica él.

“Somos fenicios,” me contestó con orgullo.

Además de ser ignorante de la política canadiense, admito que no conozco bien la historia fenicia tampoco. Seguramente tuve que leer sobre ella cuando llegué a Beirut y quedaba a dos cuadras del famoso Phoenicia Hotel (hotel fenicio). Pero mejor tarde que nunca es un cliché que me gusta poner a uso, y leí sobre los fenicios esta mañana. Según Wikipedia, ” ‘Fenicia’ es un término del griego clásico que se usa para referir a la región del los importantes pueblos de puerto de Canaán, y no se corresponde exactamente a una identidad cultural que los fenicios mismos habrían reconocida.” Entonces los fenicios eran los canaanites, perteneciendo una región que estudiantes de la biblia se pueden identificar fácilmente, abarcando las ciudades-estado de Biblos, Sidon, Tyre y Berytus (Beirut), ciudades que siguen como parte del Líbano moderno. También es una identificación que se usa sobre todo por los cristianos de Líbano, a menudo con polémica, como una manera de apartarles de sus compatriotas musulmanes. (Aunque también se puede encontrar muchos libaneses quienes son cristianos, y se identifican como árabes también. Podría ser que hay tantas respuestas a la pregunta de identificación como hay personas en Líbano.)

La genética, sin embargo, podría tener otra historia para contar. Científicos han identificado que el “haplogrupo” J2, un marcador de cromosoma, pertenecía a los fenicios antiguos – y el científico Pierre Zalloua encontró que muchos libaneses, tanto musulmanes como cristianos, tienen el marcador. Y que no todos los libaneses que quizás se consideraban “fenicios” llevan ese marcador J2, sino pueden tener marcadores que indican antepasados de Arabia, de India y Irán (quizás de comerciantes antiguos), y de Francia y España (quizás de los Cruzados). O de todos un poco.

Un haplogrupo es como una gran rama del árbol familiar humano. Haplogrupo J2 se encuentra en el Medio Oriente, África del Norte, y Europa del Sur, con una distribución especialmente alta entre los modernos hebreos (30%), Italianos del Sur (20%), y con menos frecuencia en España del Sur (10%). Otro que se comparte entre mucho de las poblaciones varoniles de Líbano, Siria, Malta, Sicilia, España y Israel es haplogrupo G. Como a mi esposo siciliano le gusta recordarme, todos desde los vándalos, godos y nórmanos del norte, los árabes del sur, los españoles del oeste, y los griegos y fenicios del este, vinieron a Sicilia y dejaron su huella. No se sorprende entonces que mi esposo recibe una bienvenida tan cálida aquí a Líbano. Con aquellas ramas árabes y fenicias que se entretejen en su sangre siciliano, él es como un primo perdido que está regresando a casa.

 

Encontrando Lo Conocido… y Soltándolo

“Es como Messina,” mi esposo y yo nos dijimos, la noche que llegamos a Beirut.   Caminábamos por un callejón cerca de la Corniche, el malecón de Beirut.  La angosta calle fue poca iluminada, su cinta de acera rota en partes, y el olor del mar permeaba el aire.  Todo como en Messina, Italia, el pueblo natal de mi esposo.

Ni hablar del tráfico agresivo.  Hasta ahora no he manejado el carro durante nuestra visita anual a la familia en Sicilia, porque serpentear entre motoristas belicosas cuando apenas sé manejar con cambio manual me parece, pues, una mala idea.  Pero unos días después de nuestra llegada a Beirut, escuché a mi esposo y un par de italianos más comentando que realmente el tráfico es como en Nápoles, donde al parecer, les falta leyes de tránsito, igual como aquí en Beirut.

Una expatriada que he conocido aquí vivió anteriormente a Moscú por varios anos, y ella compara los motoristas temerarios Beirutis a sus contrapartes rusas.  Llegando a Beirut desde Tegucigalpa, Honduras, noto que residentes de las dos capitales comparten el hábito de dar indicaciones basado en puntos de referencia en lugar de con nombres de las calles, y también comparten la manera que la gente amablemente da indicaciones, hasta cuando no tienen la menor idea a dónde tienes que ir.

Luego hay la urbanidad de Beirut.  En La Jungla de Asfalto, comparé Beirut con Manhattan, y no soy la única evocando a Nueva York – he visto edificios con los nombres de “Midtown” y “Fifth Avenue” por la ciudad.

Por su ubicación, Beirut me recuerda de mi propio pueblo natal, Seattle.  Las dos son ciudades de puerto, y encajadas entre mar y montaña.  La cima más alta de Líbano, Qurnet as Sawda, mide “solo” 3,088 metros, en comparición con los 4,392 metros de mi querido Mt. Rainier, lo cual pende detrás el paisaje de Seattle…  Pero los Beirutis tienen la clara ventaja de poder pasar unas horas por las montañas y unas horas al mar dentro de un solo día.  Igual como se puede a Vancouver, Canadá, ahora que lo pienso…..

Es la naturaleza humana relacionar algo nuevo con algo conocido, y creo que encontrar lo conocido en medio de lo desconocido es una parte del proceso de adaptación a un nuevo hogar.  Como la escritora Daisann McLane notó en un artículo recién publicado en la revista National Geographic Traveler, encontrando algo familiar puede servir como una piedra de toque – un criterio de comparación, y una herramienta para descifrar lo desconocido.

Pero recién un querido amigo me mandó una reflección filosófica que me hizo pensar algo más sobre mi hábito de comparación.  La esencia del correo fue que nuestras propias expectativas, deseos y juicios dan color a nuestras percepciones.  Estos prejuicios pueden funcionar de manera positiva, como cuando un papá y una mamá creen que su arrugado bebé es el más bello que jamás ha existido, o de manera negativa, por ejemplo, cuando nada puede estar a la altura de las cosas que más extrañas de tu pueblo natal.  Por bien o por mal, estos prejuicios nos impiden ver las cosas con claridad, y para lo que son.

Tráfico y rascacielos, mar y montaña.  He encontrado varias piedras de toque en mis primeras seis semanas a Beirut.  Y de veras, han ayudado asentarme y sentir en casa en esta ciudad nueva (a mí) y compleja.  Pero creo que ahora estoy lista para el próximo paso.  Es hora de trabajar para reconocer cómo mis propias expectativas y prejuicios coloran mi vista de esta ciudad y su gente.  Es hora de dejar de ver las cosas de color de rosa, hora de tomar la cebolla que es Beirut, y comenzar a pelar las capas para ver su interior.  Quiero ver a Beirut para quien es de verdad.  La primera cita se acabó, y me hace ilusión conocerla mejor.

La Jungla de Asfalto

Sin saber qué esperar cuando llegué a Beirut, me sorprendió encontrar una foresta de rascacielos. No tan altos como en Nueva York, Tokyo, Dubai. Quizás algo que evoca Miami, también por la manera que la ciudad está pegada al mar.

Hablando de Nueva York, creo que mucha gente diría que es la ciudad más densa de población en los EEUU – así habría dicho yo. Resulta que hay varios suburbios en Nueva Jersey que son poblados con aún más densidad (¡¿quién sabía?!). Pero Nueva York tiene una densidad que es fácil visualizar. Manhattan en particular, dónde aproximadamente 1.6 millones de personas viven en 88 kilómetros cuadrados (34 millas cuadradas).

Beirut es un poco más pequeña que Manhattan, unos 67 kilómetros cuadrados (26 millas cuadradas). El último censo de la ciudad fue en 1932, así que las estimaciones actuales de población no son exactos, y comprenden entre uno y dos millones, pero 1.5 millón parece un cálculo conservador. Eso es aproximadamente la misma cantidad de personas como Manhattan, dentro de un espacio reducido por veinticinco porciento.

Supongo que eso explica la cantidad infinita de grúas de construcción. Enormes y larguiruchos, prolongados de los techos de edificios altos, acompañados por los zumbidos y martilleos inexorables de la construcción. Beirut no es una isla, pero atrapada entre mar y montaña, la mejor dirección para crecer sigue siendo por arriba.




La guerra civil en Líbano terminó hace unos veinte años. Para la reconstrucción de una ciudad devastada, veinte años no es mucho. Edificios acribillados de balas y granadas están dispersos por la ciudad, y ciertamente hay estructuras más antiguas que siguen en pie, desde apartamentos de los años sesenta, hasta los Baños Romanos que llevan milenios en el centro de la ciudad. Pero muchos, quizás una mayoría, de los “arboles de concreto” en Beirut parecen de haber aparecido desde la finalización de la guerra civil.

¿Dónde encontraron el dinero para la reconstrucción cuando tantos negocios fueron destruidos juntos con los hogares? Una mujer local me recordó de los doce millones de libaneses que viven fuera de Líbano: una diáspora tres veces la población de este país chiquitita de cuatro millones. Según ella, familias enviaron su ayuda desde Francia, Nigeria, Venezuela, Brasil, Sierra Leone, los EEUU, o donde sea que habían buscado refugio y oportunidad.

La reconstrucción está tomando lugar con venganza. Y los parques u otros espacios verdes nunca han sido una gran parte del paisaje de Beirut, convirtiendo la ciudad en un mar de asfalto gris al lado del mar azul del Mediterráneo.

Según el periódico del idioma inglés de Líbano, The Daily Star, hay sólo 0.8 metros cuadrados de espacio verde por persona en Beirut. En zonas urbanas, la Organización Mundial de Salud (OMS) recomienda 12 metros de espacio verde por persona. (Nota: Hay lugares en el internet donde dice que la OMS recomienda 40 metros cuadrados de espacio verde por persona, pero sospecho que eso sería a un nivel nacional, no dentro de zonas urbanas.)

Una excepción notable al mar de asfalto es Horsh Beirut, un parque de pinos a la orilla de la ciudad, que cuenta con 77% de todo el espacio abierto de la ciudad. El parque fue cerrado del 1992 al 2002, y cuando abrió nuevamente, fue sólo a los con más de 35 años y un permiso. Se dice que hay estudios en camino para evaluar la mejor manera de abrir completamente y utilizar el parque, pero recién se le atribuyó al alcalde haber dicho que no hay prisa. Por otro lado, parece que el alcalde si tiene energía detrás una propuesta de enverdecer a Beirut, un proyecto que se llama “Beirut es Asombrosa,” lo cual tiene el propósito de renovar algunos de los pocos otros espacios verdes de la ciudad. Hay otros que proponen una asociación pública-privada para la enverdecimiento de los techos (y balcones) de los edificios.

Entonces, ¿a dónde van los habitantes de la ciudad cuando desean escapar sus apartamentos de concreto? Quizás has visto alguna película con escenas en Brooklyn o Harlem, Nueva York, con personas pasando un rato en el porchecito de su edificio. Los Beirutis han hecho un arte de este estilo de vida por la calle. Vendedores pasan el día en sillas de plástico afuera de sus tiendas. Cerca a mi hotel, hay cinco o seis taxistas quienes se juntan en la esquina todos los días, dos o tres de ellos sentados en algún bloque de cemento, otros en un par de sillas tapizados con cuero rajado, otro en una silla giratoria media rota, jugando backgammon a veces en la tarde. En los fines de semana por el Corniche, el malecón de Beirut, hay familias que emergen de sus carros como los payasos de un carrito al circo, abuelas y padres y niños y niñas y balones y juguetes, juntos con sillas en las cuales los adultos se relajan mientras los niños y niñas juegan. Los domingos veo una señora mayor con su silla de plástico y su nargileh por la acera delante la tienda de su hijo, y ella disfruta del momento cerca de su hijo mientras él diligentemente alquila bicicletas a los que han llegado al Corniche para pasear. (Nargileh es el nombre para la pipa de agua que se usa para fumar un tabaco con olor a fruta; también se conoce como hooka o shisha.)

Todavía no he asegurado mi lugar por la acera con una silla de plástico, pero he alquilado una bicicleta un par de veces, y paseado a pie por el Corniche varias veces más. Y cuando encuentro un apartamento y me voy del hotel, te aseguro que haré mi parte para enverdecer esta selva de asfalto, con una abundancia de plantas y flores en mi balcón.

La Primera Impresion

Años que no salgo en una “primera cita.”

La incertidumbre, la esperanza puesta en la primera impresión, la corriente de tensión que tiembla debajo la superficie.

A pesar de mi matrimonio de once años (y sigo contando), siente nuevamente como una primera cita. Pero esta vez, es con una ciudad.

Es que mi familia y yo acabamos de trasladar a Beirut, Líbano.

Un vez reconocida como la París (o la Suiza) del Medio Oriente. Luego se hizo notoria por la guerra civil que se prolongó del 1975 hasta el 1989 o 90 o 91, dependiendo del paisano que te está contando su historia. Un lugar donde hubo una guerra de treinta-tres días entre Israel y Hezbollah en 2006, y donde disturbios del vecino Siria han entrado en las orillas de Líbano y amenazan extenderse. (No exagero cuando refiero a esa corriente de tensión.)

Te puedes imaginar que sentí algo nerviosa a conocerla hace menos de tres semanas.

Como en cualquiera ciudad, hay muchos detalles por descubrir. Pero quizás, como yo, desconoces éste metrópolis que suena exótico. Es una ciudad por el mar, hogar de un puerto floreciente que se encuentra hombro a hombro con un malecón peatonal. Es una jungla de concreta, su horizonte un desorden de rascacielos y grúas de construcción.

Una jungla de concreta donde flores brotan por las grietas.

Cuando llegamos a nuestro hotel, agotados de un viaje de veinte horas para llegar a Líbano, un olor embriagador de flores nos acogió: habían varios flores de gardenia flotando en un plato a la recepción del hotel. El día siguiente nuestro taxi tenía gardenias encajadas en las aperturas del aire acondicionado, difundiendo su perfume junto con el aire fresco. Vendedores ambulantes ofrecieron collares de gardenias a los semáforos. Estaban por todas partes.

Las gardenias aparecieron hasta en mi lectura a la hora de irme a la cama. Beirut Blues, una novela por Hanan al-Shaykh, una de las escritoras más prominentes de Líbano, trata del país durante la época de la guerra civil. La protagonista Asmahan regresa a Beirut después de haber pasado un rato en las montañas.

“Jawad llama mi atención a las gardenias blancas que están en todas partes; hasta los vendedores de chicle las tienen, y los mendigos rondando una pequeña mesa en el medio de la acera donde hombres están sentados, jugando backgammon… Motoristas las tienen guardadas atrás de sus espejos, y tiemblan con cada pitido de la bocina. Las carretas de los comerciantes callejeros están engalanadas con ellas…”

Hasta en medio de los estragos de guerra, los habitantes de la cuidad andaban con gardenias, recordatorios de la belleza en el mundo.

Todos saben que cada flor representa algo: las rosas rojas – el amor; las rosas amarillas – la amistad; las margaritas – la inocencia. Busqué el significado de las gardenias. Según el sitio web “Flowers by Marilyn,” las gardenias representan la hospitalidad, la gracia, y el amor secreto.

Yo acaba de conocer a Beirut, y me ha ofrecida flores. No menos que las gardenias – un emblema tangible de la hospitalidad de la ciudad y su gente. Una hospitalidad ya que estoy experimentando. Las primeras dos semanas sí son como una primera cita, en el sentido que es demasiado temprano para saber que futuro nos tiene la ciudad. Pero quizás un día, como la gardenia alude, nos amaremos. Hasta ahora, parece prometedor.